Pasó una semana y su padre partió a Europa, con la promesa de traer muchos recuerdos. Por otro lado, él y su madre partieron a Frutillar a encontrarse con su tía y primos. El viaje se le hizo eterno, realmente lo fue. Después de casi 11 horas de viaje por auto, 10 revistas condorito, 7 CD’s incluyendo un compilado de los Grandes Éxitos de Mocedades, y varios huevos duros, bebidas y golosinas.
Llegaron finalmente a Frutillar.
- Antes de irnos a la casa quiero que te arregles un poquito en el baño, no quiero que tu abuela te vea así todo manchado con dulces.
- Ay mama si da lo mismo…
- No da lo mismo Joaquín, voy a comprar una cajetilla de cigarros y mientras tanto tu anda a lavarte la cara, cámbiate la polera y péinate esas mechas- dijo su madre deteniéndose en un servicentro.
A regañadientes Joaquín saco una polera de su mochila y partió al baño de la gasolinera. Habían parado varias veces así que no necesitaba hacer nada más que lo que le habían ordenado. Se miró al espejo y se dio cuenta de que su madre había estado en lo correcto al enviarlo a cambiarse de polera, tenía varias manchas de distintos colores y texturas sobre su polera blanca. Procedió a cambiarse y a mojarse la cara. Sus ojos amarillos lo miraron desde el otro lado del espejo, se veía cansado, no era para menos después de tantas horas encerrado en un auto, aunque no se le notaban tanto las horas de tedio en el cuerpo. Lo que lo favorecía era que era muy guapo, siempre se lo habían dicho. Era alto y delgado, cabello negro azabache y ojos amarillos, eso lo había heredado de su padre, al igual que el tono dorado de la piel. No era para nada parecido a sus primos, todos rubios de ojos claros, pero aún así era incluso más guapo que ellos.
Se mojo un poco el cabello estando aún frente al espejo cuando se sintió observado. Si había algo que lo ayudaba en la vida era su intuición, siempre adivinaba los números correctos en los bingos y sorteos. Por eso estaba seguro de que su intuición no lo engañaba esta vez, pero era imposible que hubiese alguien mas en ese diminuto baño con el.
Miro a su alrededor y nada, por la ventanilla del baño no se veía a nadie, hasta que la vio. Frente a él, en el espejo que reflejaba también la salida del servicentro.
Debía tener su edad, quizás un poco mayor. Una niña preciosa, delgada y colorina lo observaba desde un peugeot 206, junto a una joven de aproximadamente 20 años, parecida a ella pero con rasgos menos finos.
Lo miraba y le sonreía, con los brazos apoyados sobre la ventana del auto y la cabeza recostada encima de ellos.
Nunca había visto a una niña tan linda, pensó Joaquín ensimismado en la imagen del espejo.
Repentinamente la figura de su madre se interpuso entre él y la niña, asomando la cabeza crespa hacia el baño.
- Joaquincito, ya pues si no era para tanto.- le susurró apurándolo.
Inmediatamente Joaquín salió del baño a encontrarse con la visión del espejo pero solo alcanzó a ver el Peugeot alejarse.
- Quedaste lindo mi amor- le dijo su mama acariciándole la cabeza antes de subir al auto y partir a la casa de su abuela.
Joaquín no supo cuanto tiempo se demoraron en llegar a la casa de su abuela, pero todo el camino pensó en la colorina del Peugeot. Se sentía como hipnotizado, ¿que era esto que estaba sintiendo? En Santiago conocía otras niñas bastante bonitas, pero ninguna lo había dejado así, como en un trance. Solo pensó en ella, en volver a encontrársela, en saber su nombre.
Por fin llegaron a su destino.
La casa de su abuela era muy grande, ubicada en Frutillar Bajo, mas cerca del lago y con una vista preciosa a los volcanes. Era una casona de estilo alemán, de color azul con varias ventanas que dejaban entrar el sol hasta el último rayo de la tarde, alrededor de la casa había solo árboles, flores y pasto muy frondoso, lo que daba la sensación de que la casa estaba hundida en un mar verdoso. Además estaba ubicada en una parcela muy grande, que le permitía correr y jugar a sus anchas. Frente a la casa Joaquín reconoció la camioneta de su tía Mariana, una mujer gruesa y muy blanca, de cabellera frondosa igual que su madre y profundos ojos verdes, también separada y con dos hijos.
Annia de 10 años era muy callada y tranquila, le gustaba pasar los días leyendo o escuchando música de los años 80. Una chiquilla atípica para estos tiempos, y físicamente muy parecida a su madre. A Joaquín siempre le habían llamado la atención sus dientes grandes como de conejo, pero aún así el rostro de su prima era bastante armonioso.
Su otro primo era Johann, de 15 años. Rubio, alto, de ojos azules y cuerpo atlético. Era muy bueno para los deportes, destacando en el colegio por eso, con Joaquín se llevaban bien pero no tenían mucho en común. Quizás esta era la oportunidad de afiatarse y compartir.
En la terraza de la casona había un pequeño comedor de mimbre pintado de blanco, donde se encontraban sus primos, tía y abuela. La abuela de Joaquín parecía salida de una película tipo Heidi, era muy bajita y menuda, de piel muy blanca que iba acorde a su cabello del mismo color, detrás de unos delgados anteojos estaban sus dos ojos verdes cubiertos de arrugas. Era la típica abuelita alemana de comerciales.


